Argentina ante el dilema frutícola: más importaciones y menos exportaciones
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Argentina cuenta con una profunda tradición frutícola, heredada de las corrientes inmigratorias europeas que encontraron en el país tierras fértiles y climas propicios para el cultivo. Durante décadas, la producción estuvo principalmente orientada al mercado interno, mientras que la industrialización absorbía la fruta que no se destinaba al consumo en fresco. La exportación, salvo excepciones como la pera y el limón, siempre ocupó un rol secundario dentro del esquema productivo nacional.

En los últimos veinte años, la falta de políticas públicas favorables, el incremento de la presión tributaria y la complejidad del sistema laboral provocaron una pérdida progresiva de competitividad. El denominado “costo argentino” impactó de lleno en las economías regionales, relegadas frente a sectores con mayor peso en la generación de divisas como los granos y los hidrocarburos. En este contexto, sostener una fruticultura moderna y tecnificada se volvió cada vez más difícil.
Con la llegada al poder de Javier Milei se implementaron cambios macroeconómicos orientados a estabilizar la economía y reducir la inflación. Sin embargo, aunque el nuevo marco brindó mayor previsibilidad, no resolvió los problemas estructurales del sector. La apertura a las importaciones, impulsada como estrategia para fomentar la competencia, se concretó antes de aliviar la carga fiscal y laboral que pesa sobre los productores locales.
El resultado ha sido un fuerte incremento de las importaciones de frutas —bananas, paltas, uvas, kiwis, manzanas y cerezas, entre otras— que compiten directamente con la producción nacional. En 2025, el valor importado igualó al exportado, diluyendo por primera vez la histórica condición de Argentina como país netamente exportador de frutas. El desafío ahora es recuperar competitividad sin desproteger a las economías regionales.




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