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Europa vuelve al biodiésel para asegurar proteínas mientras la Argentina recorre el camino inverso

  • hace 5 minutos
  • 3 min de lectura

La Unión Europea comenzó a revisar su estrategia para reducir la dependencia externa de proteínas destinadas a la alimentación animal y, en ese proceso, llegó a una conclusión que puede tener consecuencias importantes para el mercado agrícola internacional: el uso energético de los aceites vegetales ayuda a sostener la molienda de oleaginosas y, con ella, la producción de harinas ricas en proteínas. El giro resulta especialmente significativo porque durante años el debate europeo sobre los biocombustibles estuvo marcado por la idea de que destinar cultivos a la producción de energía podía competir con el uso alimentario. Ahora, en cambio, la Comisión Europea reconoce que mantener y ampliar determinados usos energéticos puede contribuir indirectamente a generar más proteína para la ganadería. El cambio contrasta con el camino seguido por Argentina, que en 2021 redujo el mercado interno del biodiésel pese a contar con una enorme capacidad de procesamiento de oleaginosas, una fuerte dependencia del gasoil y a tener a la harina de soja como su principal producto individual de exportación.

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La necesidad europea surge de una dependencia que queda parcialmente oculta cuando se observan solamente las cifras generales. La ganadería y los cultivos destinados a alimentarla representan el 59% del valor de la producción agrícola de la Unión Europea, mientras que el bloque exporta unos 55.000 millones de euros anuales en productos de origen animal y obtiene un superávit cercano a los 39.000 millones. En términos generales, Europa produce la mayor parte de las proteínas que consume su ganadería: utiliza alrededor de 74 millones de toneladas de alimentos para animales por año y solamente el 15% proviene del exterior. Sin embargo, la situación cambia cuando se consideran los ingredientes con más de un 30% de contenido proteico, fundamentales para los sistemas intensivos de producción porcina y avícola. En ese segmento, el 74% es importado y, en el caso específico de la soja, la dependencia externa llega al 94%. Allí aparece directamente la Argentina: la harina de soja es su principal producto individual de exportación y la Unión Europea representa aproximadamente una de cada tres toneladas despachadas.


Para comenzar a reducir esa vulnerabilidad, la Comisión Europea presentó el 7 de julio un Plan de Acción para la Resiliencia, la Autonomía Estratégica y la Sostenibilidad del Sistema Proteico, acompañado por la primera Estrategia Europea para la Ganadería. Una de sus metas centrales es aumentar la proporción de proteínas provenientes de oleaginosas y cultivos proteicos producidas dentro del bloque: del 25,8% registrado en 2025 se busca llegar al 35% en 2035, bajo la fórmula “35 by 35”. Sin embargo, el propio documento reconoce que sustituir las importaciones no será sencillo, ya que los cultivos con mayor concentración proteica suelen ofrecer menores rendimientos por hectárea que los cereales y reemplazar las harinas importadas por alternativas locales exigiría una superficie considerable. Por ese motivo, Europa no plantea cerrar sus mercados ni eliminar inmediatamente la harina de soja argentina: mantendrá el arancel cero para el poroto y la harina de soja, continuará utilizando acuerdos comerciales y admite que seguirá necesitando importaciones. La diferencia es que ahora la dependencia proteica es considerada también un problema de seguridad económica y geopolítica.


El aspecto más relevante del nuevo enfoque aparece al analizar qué sucede cuando una oleaginosa ingresa a una planta de procesamiento. La soja, la colza o el girasol no se convierten íntegramente en combustible: la molienda genera dos grandes corrientes. Por un lado, se obtiene aceite, que puede destinarse a alimentación, usos industriales o biodiésel y otros combustibles renovables; por el otro, queda una harina concentrada en proteínas destinada principalmente a la alimentación animal. Ambas corrientes sostienen conjuntamente la economía del procesamiento, porque para disponer de abundante harina es necesario que las oleaginosas sean producidas, transportadas y molidas, y que sus diferentes componentes encuentren mercados capaces de valorizarlos. Según la Comisión Europea, los coproductos del procesamiento de cultivos aportan el 34% de toda la proteína consumida por la ganadería europea, mientras que las harinas de soja, colza y girasol obtenidas en procesos donde el aceite se destinó a producción energética representan el 47,2% de todas las harinas oleaginosas disponibles en la Unión Europea. Por eso, Bruselas considera que preservar y ampliar los usos industriales y energéticos de los aceites puede sostener una mayor producción y molienda de oleaginosas y, al mismo tiempo, aumentar la disponibilidad de harina proteica para los animales. Para Argentina, este cambio de estrategia europea resulta especialmente relevante por su posición en el complejo sojero y abre un debate sobre el vínculo entre biodiésel, industrialización, generación de valor y exportación de proteínas.

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